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José Rafael Vega
Apr 27, 2021
In Un Viaje a la Poesía
A Christian Ibarra la poesía le parece imprescindible. Cuando afirma eso, no se refiere solo a la poesía que está contenida en los libros –como en Ventanas (2017), su segunda colección de cuentos, o en La vida a ratos (2008), su primera– sino a la que acontece a diario. “Más que en la poesía, yo creo en el acto poético. Por ejemplo, hay paisajes que no te dicen nada, pero rozan esa belleza que roza la poesía”, expuso el escritor y periodista. Digamos, por ejemplo, el acto poético de masajear el cabello de una amada –o de un amado, por eso de que aquí en realidad no importaría ni el género ni el paisaje sino la inmortalidad del acto–. Digamos, también, el recuerdo de las conversaciones con la abuela que ya no está. O las tres amigas de toda la vida que, ahora de viejas, ya no beben jugo porque una de ellas tiene diabetes. Conmovedor esto último, ¿no?, cuando a esas alturas de la vida hay tan pocos placeres. Son escenas como las anteriores –donde intervienen el amor (y su ausencia), la amistad, la pérdida y el estar solo o, más intenso aún, ir contra los demás– los actos poéticos, los paisajes y la belleza que amaestra Ibarra en los nueve cuentos que conforman su más reciente entrega literaria. “Soy un músico frustrado”, confesó el autor mitad en broma, mitad en serio. De ahí su obsesión por darle ritmo a la prosa, por querer hacer que suene. Ibarra intenta con las palabras lo que se rindió de hacer con un instrumento musical, porque está convencido de que el lenguaje es música. “Además de ver los textos como aparatos cargados de sentido, yo los veo como aparatos cargados de ritmo, como aparatos sonoros”, dijo. El escritor tiene el oído bien pegado al suelo. Pone su atención en esas cosas que pasan tras bastidores, aunque eso implique detenerse a respirar más pausadamente. “No me interesa traducir lo que está pasando en el momento. Para eso me funciona mejor el periodismo. Este libro en particular es una exploración de los personajes, a un nivel más íntimo. De hecho, por eso Ventanas, porque es una frontera entre el afuera y lo que se conmueve adentro”, explicó. Lo de ventanas es también porque no le agrada ser demasiado biográfico en la escritura. Cuando Ibarra piensa en los personajes a los que da vida, siente que todos parecen haber pasado por un evento bien fuerte, que penan una gran herida. “Parece que estuviesen en un paréntesis o anestesiados” por lo vivido, añadió. Su narración, entonces, es la voluntad de contar esa profunda cicatriz, lo que redunda en una prosa muy fina, bien lograda, juguetona, bella y densa. Ventanas (2017), segunda colección de cuentos de Christian Ibarra. (Ricardo Alcaraz/ Diálogo) La cuestión de detenerse y ver lo que sucede tras bastidores, de pensar en unos personajes anestesiados, puede analizarse también como el ejercicio político de su escritura, y como su convencimiento de que todo arte es político. “En pleno siglo 21, como van las cosas, bajo un sistema neoliberal tan mordaz, escribir es un gesto político. Porque escribir no es útil, en el sentido que la modernidad le da a la utilidad. Es decir, no es rentable que yo esté siete años escribiendo un libro para no ganar nada. Y eso va contracorriente del sistema económico, contracorriente del capitalismo voraz”, soltó, incisivo. Resta, pues, abrir las ventanas para que se tenga una idea de lo que ocurre adentro, en las páginas de ese libro que, como muchos, suelen ser hogares. Pero solo un poco, dos o tres nada más, y al estilo de Ibarra: conciso, preciso, de carreras cortas. Siempre con sencillez –que no tiene que ver nada con vacío, por supuesto–. El cuento ‘El mar’ versa de una migración que es también una pérdida amorosa. ‘Papá llegará pronto’ narra, por otro lado, la precariedad absurda –pero cercana– en la que vive un padre viudo, que tiene que travestirse para darle de comer a su hijo. En ‘A flote’ se cuenta la realidad –cada vez más común, tristemente– de unos universitarios que, luego de graduarse, se ven obligados a trabajar de meseros. ‘López’ relata los momentos trascendentales de cualquier oficinista y toca, de manera muy humana, el significado de la amistad. Esta colección de cuentos que es Ventanas va de lo bello a lo político. “Que no es lo mismo, pero es igual”, admitió el escritor. Lo político aparece, sí, pero el volumen no está muy alto. Es una lectura para disfrutarse y pensarse. Puede complacer tanto al lector hedonista como al lector que se deja afectar por el mundo. Son narraciones llenas de alas, de ritmo, de color, de poesía. La sencillez y el buen gusto se mantienen hasta el fin.
Los cuentos de Christian Ibarra: Ventanas para mirarnos content media
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José Rafael Vega
Apr 13, 2021
In Un Viaje a la Poesía
(Texto del primer poeta invitado, José David Cortes) Caminaba por la acera. Aquella sobre la que ayer, y yace cien años también, pisó mientras el sol cayera. Puntualmente, entre las cuatro, las seis, las cinco o cuando su azaroso automatismo le impulsara a un “nuevo risco”, salía desde su cueva volviendo sobre aquella. Aquella, la acera vieja, la que dicen que se hizo para mayor comodidad. Brincó escombros añejados. Bordeó el poste eléctrico que convertía el camino en dos y, a la vez, ninguno. Repasó lo que miraba: 50 años atrás, ¿que había? ¿Qué veía? ¿Qué vió? Por lo que vió sonrió, aunque más todavía, sonreía la ironía. Una abeja sorbía de una partida lata, desperdiciada, húmeda aún. Y regresaría como borracha y perdida a un panal que yacía entre alguna rama. Una rama que brotaba de algún arbusto algo pretensioso que comenzara a también caminar sobre aquella la acera vieja. Y durante el tiempo en que una brisa viene de la nada, choca una frente y continúa hacia quién sabe dónde, pensó y olvidó: ¿bendigo o maldigo a quien sembró el arbusto o el cemento? Cuando desvaneció su retórica De aquel que despierta porque de repente el sol mira su frente, regresó a mirarlo todo. Persiguió a otra abeja. meditó su trayecto... Esa abeja bailaba con una orquídea color luz. Parecía creer estar con su par. Y tanto lo creía que sonreía mientras bailaba. ¿Fecundando? ¿Polinizando? Apasionada muriendo. Y luego del final (que también fuera principio), se acercó el caminante a la orquídea ruborizada de caricias y miradas. Y por el impulso de un capricho estético cortó la flor, continuó el camino. Agitó el dedo en la flor. Se pintó con el polen. Se lo sacudió en el pantalón Que así se acogiera a aquella la misma providente, oportuna brisa. (3 de julio del 2020)
Caminos malditos, caminos benditos. content media
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José Rafael Vega
Apr 13, 2021
In Un Viaje a la Poesía
(Texto retrospectivo, noviembre, 2017) Lunes. Primer día de clases en Río Piedras, después de María. El día está azul y verde. Como siempre: llevo amor en mi mochila. Y en los bolsillos: la empatía, el respeto sagrado, la libertad ternura, la poesía. A veces también albergo flores; tantas que se me desbordan de los bolsillos y dejo una estela multicolor por donde voy. Me traslado al café del Centro Universitario. “Sí, buenos días. Dame un café para llevar y un librito para colorear”. Me siento en un banco de la Facultad de Humanidades a pensar cómo encarar este regreso a clases. Otro cambio de rutina. Con poco dinero, sin hospedaje, con apenas nada. Me convenzo que sólo con el amor es posible volver a darle al mundo lo que necesita de mí. El amor es mi tendencia política y mi manera de estar en el mundo. De él rebosa todo lo que tiene alas, música, color, ritmo; todo lo bello de nosotros los humanos. Los humanos que nos creemos tanto… y apenas somos unas hormiguitas perdidas en el infinito. ¡Quizás la Tierra sea el planeta más bruto! Ni siquiera somos la especie más inteligente; debemos aprender alguna cosa de los delfines. Es ineludible. Eso sí: somos feos y hermosos; geniales y despreciables; luz y sombra. Tenemos el potencial de aflorar los dos aspectos. Podemos ser egoístas, enajenarnos, vivir para nosotros mismos, ser prepotentes. Esto significa seguir nuestros instintos más bajos; el florecimiento del bruto, de la bestia que todos llevamos dentro o podemos, sencillamente, apostarlo todo al amor y ser hermosos. También podemos comenzar a ser hermanos y compañeros de este viaje que dura un segundo. De la copa del amor se derrama la empatía; esa capacidad de sentir por el otro. Sin la empatía somos lo más bajo, lo más vil, lo más detestable. Del amor se origina el respeto, la escucha, la bondad, la comprensión, la ternura. El amor es la aurora de todo aquello que nos hace humanos, que nos hace gente. Es la ilusión que más adeptos tiene en el mundo. Adoptemos, pues, la consigna de apostarlo todo al amor. Bastaría que empezáramos a encontrar ridícula esa excesiva rigidez del cuerpo y del alma. Quitar (¡de una buena vez!) esa cara de odio a no se sabe qué. Bastaría con cultivar el autocuidado, con ser indulgentes y buenos con nosotros mismos (¡porque nadie puede dar a otros lo que no tiene para sí!) Debemos amar, dar de uno mismo, sonreírle al otro, que es una continuación nuestra; decirle «hola», agregarlo. De igual forma, procurar ser buenos, así como hacemos a principios de año o cuando se muere alguien. Si acogiéramos esa dulcedumbre de jalea para siempre: ¡cuán bonito sería el mundo! Si se nos hace muy difícil ser un tilín mejores, propongo empezar por aprender a soltarle un piropo -salido del corazón- a una flor, a una colina, a una noche azul, a un gesto, a un abrazo, a un pajarito. Encontrando belleza y poesía en las cosas simples: se nos quitará poco a poco todo lo malo, lo feo, lo despreciable, la parte abyecta o innoble de nuestros cuerpos y almas. Al descubrir la belleza das un viaje a la alegría. Si aprovechas la estancia: ensanchas tu corazón y le colocas algunas estrellas, le pones un par de alas y vuelas. ¡Les convido a ser más alegres!
Apostar al amor en tiempos de tempestad
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José Rafael Vega
Apr 07, 2021
In Un Viaje a la Poesía
En paz. ¡Parece mentira! A pesar de la Junta de Control Fiscal, de las decisiones del gobernador, de la incultura de este Puerto Rico amado, pero sufrido. La noche está bella y me siento en paz. Poblado de paz, me puse las alas y volé hasta el borde de la Luna. Me gusta jugar aquí arriba. Me siento como los cuerpos celestes; mi alma es una estrella trasformada. En plena noche suelo sembrar estrellas, suelo contar estrellas. Hace luna y me siento romántico. ¡Es increíble, y hasta una vergüenza, que alguien pueda sentirse romántico en estos días! Pero las estrellas me sonríen y hace un viento suave y gentil. ¿Qué se puede hacer? Si nací así… Y, lo que es peor, no me avergüenzo de ser así. Saboreo, a bocados dulces y tiernos, la poesía de la noche. La noche es sagrada porque representa un descanso, una tregua. Ay, cuán exquisito olvidarse uno del gobierno, de los trajines sociales, y embriagarse con la belleza que nos brinda a esta hora este mundo lleno de misterios. Ante tanto encanto, empiezo a aflojar rencores y a apretar amores. Saben, la noche es buena conmigo. Es la única que me consuela de esta amarga y pesada vida. Mi novia la Noche me hace olvidar que soy un ciudadano de Puerto Rico: condenado a que una Elba Aponte me enseñe y a que una LUMA me ilumine. Gracias, Noche, por darme alivio de los legisladores, que amenazan con subirme los impuestos y matarme de hambre. Por darme un respiro de la radio, que amenaza con matarme de tedio. No seguiré mencionando desdichas. No quiero arruinar la gracia de la noche. Venga mi innato romanticismo a tender un velo de poesía en todas las cosas. El cielo está despejado y claro, los jardines nocturnos esparcen olores agradables. La noche está tranquila y convida a cantarle versos a todo lo que es bello, y es amable y es alado. Es algo que podría parecer una tontería, pero que yo no quisiera perderlo jamás. Porque si lo perdiera, le cobraría un odio tan grande a la vida. Por eso, al final de cada día, me quedo embelesado mirando la bóveda celeste. Mirando la Luna, esa gran flor nocturna. ¡Oh, la plata encantada de la Luna, que me da luz, y me llena de muchos, muchos besos!
En plena noche azul content media
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José Rafael Vega

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